Todo cabe en una caja de Josefina Fossatti

El lugar de la imagen es el cuerpo, es el ser humano.
Hans Belting

Durante siglos las palabras tuvieron un predominio hegemónico sobre la comunicación y el pensamiento. En cierta ocasión el escritor Paul Valery  destiló su ironía al pedir disculpas  por tener que hablar sobre Pintura, para luego mofarse desde el  egocentrismo lingüístico reafirmando «Todas las artes viven de palabras» ¿Es verdaderamente auténtica esta afirmación? ¿Cómo construye el público en su mente el significado de una obra artística?

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La muestra «Todo cabe en una caja» de Josefina Fossatti es una apuesta  alrededor de la (des) construcción del significado de las imágenes que a la vez dispara una exploración conceptual sobre la manera que los objetos artísticos se procesan en la mente de los receptores. Plantea una incertidumbre sobre los límites de la palabra para representar aquello que percibimos, pero desde una perspectiva en donde se intenta avanzar sobre el terreno de la duda.
Todo cabe en una caja es una profundización de la artista dentro de una línea de producción que tiene un largo recorrido en los últimos años, recordemos su anterior muestra Bildwissenschaf junto a Claudio Roveda en donde pudimos conocer un poco de su trabajo reciente.

En la serie de pinturas abstractas que presenta Fossatti desarrolla un detenido estudio del espacio con el propósito de subvertirlo, distorsionar sus proporciones, traspasar sus límites, involucrar la experiencia del espectador para posibilitar nuevas reinterpretaciones. Es un sendero por campos de colores que concentran nuestra mirada para conducir a un paisaje con formas  dinámicas, impulsadas por una ilusión de profundidad  generada por la arquitectura de líneas y planos geométricos. En un estudio conformado por 23 piezas en pequeño formato, que se encuentra en uno de los paneles, tenemos una especie de  investigación visual que indaga en los procesos de creación visual como una síntesis de sus búsquedas estéticas. Si llegamos a mirar rápidamente hasta incluso podemos recrear una animación en donde aquellas imágenes estáticas se mueven agitadas por nuestra imaginación.

En algunas obras las palabras aparecen agazapadas entre la pintura esperando el momento preciso para brotar  con furia  como un géiser ardiente de significados que inmediatamente se descomponen en una secuencia de asociaciones mentales. Sin dudas esas frases trasmiten una andanada de posibles sensaciones. Es aquí cuando las palabras tan cotidianas en nuestra existencia pierden su materialidad puramente designativa para cumplir una función más amplia; no están subordinadas a representar un objeto, son el mismo objeto.

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Josefina Fossatti también integra composiciones figurativas en la muestra, en ocasiones fragmentadas, con tonos acromáticos, a veces desdibujadas;  no sería extraño pensarlas como salpicadas de una realidad que todavía está por completarse. Es imposible no detenerse unos minutos en la pintura que muestra  un cordero maniatado por sus patas; es inquietante, algo incómoda y a la vez subyugante. Los planos geométricos destacando la cabeza y las patas del animal acentúan la tensión y la fuerza dramática de la imagen.

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Después de recorrer la muestra empiezo a percibir  una relación de cercanía entre las imágenes y las palabras, a fuerza de arriesgar siento que están condenadas a vivir juntas en el momento de disfrutar, interpretar y pensar ese objeto simbólico que entendemos como obra de arte.  Josefina Fossatti sin dudas sigue avanzando en una línea de acción en donde el proceso de significación de las imágenes  tiene un aspecto central sobre el cual gira gran parte de su obra.
Podría pedir disculpas como Paul Valery por hablar de pintura, sin embargo haré algo mejor, los invito a contemplar la muestra y a disfrutar de ese maravilloso acto que es mirar arte. El resto de las cosas, como esta reseña, son solo palabras que caben dentro de una caja, la misma que Josefina Fossatti afirma contiene el universo infinito de todas las palabras.

Todo cabe en una caja
Josefina Fossatti
Teatro Auditorium
mayo – junio 2016

Texto: Ariel Barrios
Registro Fotográfico: Natalia Müller

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Instalaciones de Gabriel Manzo y Eleonor Fittipaldi

«Tenemos que hacer una muestra juntos, Eleonor» Durante mucho tiempo  Gabriel Manzo  pensó en la posibilidad de presentar un proyecto artístico con su amiga  Eleonor Fittipaldi, con quien compartió formación artística y docente en la Escuela de Artes Visuales Martín Malharro de Mar del Plata. Las distintas vicisitudes de la vida los llevó por caminos diferentes sin poder concretar esta posibilidad hasta muchos años después cuando la esperada reunión se hace posible con la muestra «Instalaciones» en la sala de exposiciones del Centro de Constructores y Anexos.

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Cuando contemplamos el trabajo de Gabriel Manzo sentimos una ominosa presencia en aquellos dispositivos lúgubres con formas de discos metálicos de cuyo centro se yergue una punta afilada. Parecen destinadas para una tarea que inmediatamente asociamos con la violencia como si aquella sala fuera un laboratorio de experiencias marcadas por hechos negativos. La serie de objetos está acompañada por cuadros en grandes dimensiones en donde unas púas metálicas sobresalen sobre un campo construido con cientos de capas de líneas de pintura en tonos cálidos que evocan a la tierra.  Descubrimos que estamos ante una versión de su «Macchina de Fango» un trabajo conceptual  que comenzó a desarrollar en su paso por Cáceres en España y que está íntimamente relacionado con la descripción que hace Umberto Eco de los medios de comunicación convertidos en un sistema encargado de escupir inmundicia sobre diferentes personajes públicos para desprestigiar sus dichos con información falsa. De a poco vamos encontrando menos amenazadora a su obra. La Macchina de Fango en Manzo parece cumplir un papel más purificador, como si aquellas abyectas formas estuvieran pensadas para perforar las fétidas corrientes del engaño con sus astas absorbiendo en su interior toda la fetidez que encuentra en su paso,  horadando el espacio más allá de las sucias profundidades para encontrar un terreno fértil que permite renacer las esperanzas como el surco de un arado que prepara la tierra para la nueva siembra.

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Por su parte Eleonor Fittipaldi muestra una instalación compuesta de trompos blancos con diferentes dimensiones que permanecen suspendidos en el aire por cuerdas amarradas a una estructura de madera en forma de arco rectangular. La obra despliega una hermosa poesía visual de una dinámica que evoca un momento mágico cargado de inocencia que busca representar los azares de la existencia humana en forma lúdica. En aquellos trompos penden nuestros proyectos, los fracasos, aquellos anhelos a los cuales nos aferramos, todos giran a diferente velocidad y tamaño, algunos quedan estáticos en el suelo, sin energía, esperando ponerse nuevamente en movimiento por las manos que trasborden el futuro con la esperanza de volver a iniciar el juego de nuestros sueños.

La muestra de Gabriel Manzo y Eleonor Fittipaldi es una exploración por los terrenos del ser y el tiempo, presentes tanto en el proceso de creación de las obras de los artistas, los materiales que utilizan son cartapesta y pasta de papel los cuales demandan un largo proceso de elaboración, como también en sus búsquedas ontológicas sobre caminos farragosos que transitan con valentía, acercando preguntas inquietantes sobre el comportamiento del hombre y las fuerzas de voluntad que entran en colisión en una sociedad desbordada por la velocidad furiosa del instante que arrebata todo a su paso. Por eso, contemplar los giros de un trompo o dejarse seducir por las texturas descarnadas de una máquina del fango pueden garantizar un desafío para convocar la utopía del misterio en un mundo que solo se encarga
de escupir certezas.

Instalaciones
Gabriel Manzo y Eleonor Fittipaldi
Centro de Constructores y anexos
Desde el 6 hasta el 30 de mayo

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De la Tierra, una muestra de Luciana Colacci

Substancial, atractiva y magnética. Así podríamos calificar a la muestra de Luciana Colacci denominada «De la Tierra» que puede visitarse en la sala de exposiciones de Velas de la Ballena hasta finales de mayo. La artista despliega una serie de composiciones abstractas sobre diferentes soportes como maderas, telas, metales, piedras, resinas  y papeles que atraen inmediatamente nuestra atención, por momentos sentimos que aquellos objetos fueron intervenidos con elementos que brotaron de la superficie de la pared a través de  alguna grieta para instalarse en la sala. Parecen provenir de una extraña colección en donde diferentes tramas, texturas y líneas diagraman formas terrestres como una huella fósil grabada sobre la superficie sólida.

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En la obra de Luciana Colacci parece estar presente una tensión entre distintas fuerzas que entran en juego en sus materiales, también se presiente un inquietante intento de superación de la fragilidad, vemos cuerdas y ramas que se tensan ejerciendo presión en una demostración de solidez. Las líneas en las obras están para torcerse, para pensar nuevos espacios, conforman patrones o zonas luminosas que navegan hasta nuestra mente con una identidad renovada. Casi podríamos pensar en las obras como un ensamblaje de compuestos inorgánicos  y orgánicos que a la vez son intervenidos con  técnicas  mixtas para conseguir un sistema armónico de piezas con distintas densidades. Los trazos grabados sobre las maderas o los metales ensayan una geometría  que recuerda las nervaduras de las especies vegetales o los diseños de ciertos tejidos celulares. Parecen símbolos de un extraño registro espiritual de la naturaleza atrapados por una máquina fantástica que trasmite una voluptuosa energía condensada en una reconstrucción de formas terrestres.
También pienso en las obras como una composición por capas o más bien sustratos con distintos tonos y texturas, una disección limpia sobre una porción de alguna superficie geológica imaginada por la artista en la cual se arrastran todos los componentes de su territorio.

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En definitiva la muestra de Luciana Colacci es una  experiencia cautivadora que deja una sensación de tránsito por un sendero en donde la materia parece exhibir formas secretas que cuentan un relato sobre el poder, la capacidad de asombro y transformación de las formas de la naturaleza. Aquí podríamos pensar en una relación de arte de la tierra que trabaja con compuestos exhumados de sus entrañas, no es un organismo natural que habla de arte sino un sistema artificial artístico que poetiza sobre los elementos de la tierra.

Galería Poder: una manera de liberar la belleza de las ataduras de las formas

Luego de inaugurar La Mansión, Nahuel Agüero, Oscar Cruz, Pedro Argel y compañía inician un nuevo proyecto que tienen lugar con la muestra Galería Poder en el Teatro Auditorium, una especie de Lado B  de Le Putit Galerie como ellos mismos denominan al conjunto de trabajos que reúnen rarezas, materiales en crudo, piezas cercanas a lo marginal, en definitiva un bonus track estético que se permite algunos descuidos, un despojamiento de recursos y una frescura en su presentación.

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Sin dudas el montaje es una de las características destacadas de la muestra, su estructura a veces caótica, abigarrada de elementos es cautivadora, te atrapa inmediatamente, cada rincón es aprovechado para desplegar la propuesta compositiva, algunos cuadros permanecen en el piso sin colgar, otros trabajos se apoderan de las caras de las columnas o de pequeñas puertas para armarios del sector de mantenimiento. La presentación tiene una terrible fuerza visual, a veces hay que detenerse para contemplar un pequeño detalle, en ocasiones nuestros sentidos reciben certeros cachetazos a lo previsible, es un raíl descontrolado lleno de emociones. La apuesta de colocar todos los trabajos con referencias numéricas sin los nombres, un recurso visto en «La Cabida Eterna», entrega todo el protagonismo a la colección, una especie de colmena donde los artistas forman parte de un sistema de identidad colectiva.

Las formas expresivas son heterogéneas tanto en los materiales como en sus lenguajes, con un predominio de la pintura y el dibujo, pero con una presencia de fotografías y esculturas entre las propuestas que se distribuyen por los pasillos del Paseo de la Imagen. Con una influencia cercana a la corriente artística de la «Bad Painting» la muestra de Galería Poder surfea por detalles simples, triviales, bizarros, bordea el mal gusto de manera provocadora como desafiando el cotilleo purista y académico. En todos esos registros que vemos dispersos por la sala los límites de la belleza se amplían, como una reivindicación hacía un hacer desistenresado, inacabado, despojado que en definitiva conforma también una parte esencial del arte.

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Poder es la capacidad de mostrar en una diversidad de miradas libres la otra cara de la moneda que no es la perfecta y que por supuesto no busca serlo, es un dialogo íntimo con obras que fueron producto de un momento distendido. La genialidad de hacer unas simples líneas en un papel y colgarlo de una pared ¿Es esto una expresión de arte contemporáneo? Francamente no lo sé, pero la belleza prístina conmueve y ahí deberíamos buscar las respuestas. Definitivamente el poder está en liberar nuestras emociones de los prejuicios de las formas.

Galería Poder / Le Putit Galerie
Teatro Auditorium – Paseo de la Imagen
Mayo 2016
Artistas: Belén Gioffre, Marquitos Sanabria, Violeta Rosello, Juan Vegetal, Gina Torchia, Zoe Trilnick Farji, Danilo Cicive, Danita Barboza, Santiago José Ruau, Felipe Reynoso, Pedro Argel, Facundo Lugea, Oscar Mauro Agustin Cruz, Nahuel Agüero, Iñaki, Seba Acampante, Alejandra Pospi, Jorge Areta, Zeto Genesis, Orco Julian Pedro, Constanza Marchini, Gaston Alejandro Delego, Franco Nicolás Cajal

 

 

 

Ignacio Mendía, el artista que quería ser poema

“Poemeame, dale poemeame así” exclama Ignacio Mendía ante un auditorio que lo mira extasiado,  es un aria sensual que impulsa a un grupo de personas a tomar fibrones y descargar una terrible energía escribiendo frases sobre los vidrios del bar La Guagua en la muestra del Cocktail#17. El  “acto poético” que se desprende de la acción es un muro visual transparente que refleja las emociones colectivas del momento en una mezcla de caligrafías, palabras, colores y significados. El público pierde el miedo, se anima, cobra valor escuchando el sonido desacralizado que parte de la garganta de Mendía al filo de ¡Poemea!¡Poemea! Todos son poetas o brazos de un poeta prestidigitador que compone una obra coral desde un escenario.

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Ignacio Mendía también bucea alrededor de la poesía expandida en su muestra «¿A que habré venido a este poema a esta hora?«que presentó en La Torre de Villa Victoria. Empleando diversas técnicas y medios expresivos como vídeos, instalaciones, performance y grabados,  explora los límites de la poesía en una tensión entre la obra como objeto y como proceso que genera una desmaterialización del acto mismo de «poemear», como él describe a la acción poética»
En la performance que tuvo lugar durante la muestra en Villa Victoria, el poema se transforma en un sujeto, una entidad a la cual el artista interroga por su forma física con un diálogo íntimo y por momentos apasionado como dos amantes que inician una relación en donde comienzan a descubrirse mutuamente. Pero la relación con el poema también actúa como una huella que describe los fracasos, las angustias y los deseos del artista. Es un reflejo de su vida o podría argumentarse que es su propia vida. Durante la acción performática el público tiene una participación directa recitando poemas al azar que les entrega el artista mientras representa con su cuerpo el contenido de los mismos.

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Además de explorar el terreno teatral  Mendía también apela a diferentes métodos visuales de expresión. Mediante un laboratorio personal de impresión, compuesto por  sellos tipográficos con letras en sus caras, graba diversos textos en tinta roja sobre papel blanco. La palabra poema es un fetiche que se despliega en todas las piezas, algunas son pequeños versos libres que por momentos salpican el absurdo  para subvertir el «pathos» dramático que parece envolver al género literario como el texto «Me hago poema encima». En otras composiciones las palabras se comportan como capas superpuestas una sobre otra dejando manchones rojos de una expresiva carga pictórica. Tal vez uno de los trabajos más cercanos a la poesía como representación visual del espacio es la figura de un cometa o meteorito con su estela de luz compuesto por decenas de  papeles recortados con la palabra «poema» impresa en una de sus caras. Una hermosa imagen metafórica pensando que los cometas son portadores de destrucción pero también de vida, una bola de fuego que es un sueño, una quimera, un fósil cósmico que trae un mensaje desde las profundidades del espacio.

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Ignacio Mendía es un artista intenso, interdisciplinario, transmediático que produce una obra en apariencia sencilla, atractiva pero con una estructura sólida que invade el aire de interrogantes. Partiendo desde los bordes explora su mundo hasta  alcanzar lentamente el abismo oscuro del centro, el cual esconde algo dormido que descansa en la profundidad de cada individuo. Como un director de climas sensoriales maneja todos los tiempos emocionales, sus trabajos por momentos desgarran, a  veces salpican la ironía y en otras sacuden los escombros del corazón para dejarnos desnudos sin aliento. Lentamente comprobamos que asistimos a un proceso de metempsícosis por el cual el artista trasciende desde un plano de poeta para convertirse en poesía pura, tal como describe Jaime Gil de Viedma con hermosas palabras «Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema…»

Inaugurar con amigos, siempre es mejor: Le Putit Mansión enciende motores

Siempre es un placer asistir a la inauguración de nuevos espacios dedicados al arte contemporáneo en la ciudad de Mar del Plata, en este caso toca el turno de «Le Putit Mansión» una propuesta impulsada por un grupo de jóvenes artistas que habían iniciado hace unos años una galería de arte joven como Le Putit , un escenario alternativo para expresiones artísticas que no tenían lugar en otro ámbito de la ciudad.
Ubicado en una zona céntrica a pocas cuadras de la Plaza Mitre, los chicos de Le Putit presentan una propuesta innovadora de un multi-espacio que forma parte de una tendencia  que viene creciendo en el sector cultural marcado por alianzas  entre diferentes emprendimientos artísticos.  La Mansión está integrada por La Pequeña, una feria de moda alternativa, Rebecchi Estudio, un espacio para clínicas y producción de diseño de autor, Argel Tatto un estudio de tatuaje independiente y la galería de arte experimental Le Putit, todo dentro de un mismo lugar.

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Cuando llego a  la puerta de La Mansión me encuentro con un nutrido grupo de personas que celebra la llegada de esta nueva aventura entre festejos, charlas animadas, algún trago y miradas cómplices. Hay ruido, hay una vorágine de energía dispersa por todo el lugar.
Ingreso tímidamente a la Mansión, con miedo de interrumpir una armonía sagrada que parece fluir del  interior.  Me recibe una antesala que funciona como una trastienda donde se exhiben cuadros, dibujos, fotografías, textos, objetos y fanzines  de diferentes artistas que participaron en ediciones anteriores de Le Putit Galerie. Traspasando una abertura llegamos a un amplio espacio en donde se encuentra el showroom de La Pequeña, una feria  de indumentaria independiente con diseños exclusivos donde varios personas consultan la variedad de prendas que ofrece. Traspasando los límites de la feria  nos encontramos con Rebecchi Estudio,  un espacio coordinado por la artista Carla García Rebecchi pensado para explorar líneas de producción en diseño textil de autor que ofrece encuentros, clínicas, y talleres para artistas y todos aquellos interesados en un diseño que rompa los moldes de lo establecido.

Mientras observo algunos trabajos de Carla, me encuentro con Nahuel Agüero, uno de los directores de Le Putit que me dice ¿Viste el subsuelo? Indudablemente La Mansión reserva más sorpresas. Mientras descendemos por una escalera en espiral vamos teniendo una aproximación a una enorme sala que despierta todas las fantasías por las cosas que vendrán en ese lugar. Desembocamos en este espacio subterráneo que tiene toda la mística de la cultura underground escuchando los acordes de“Antoine et Sebastienne” En un reducto a nuestra izquierda surge  el salón de Tatto de Pedro Argel, un área donde el arte se puede pinchar en tu piel para tener un diseño exclusivo en tu cuerpo. En el centro del subsuelo podemos observar un enorme papel desplegado ante un caballete, queda la sensación que se está cocinando algo en este lugar.

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Algunos minutos más tarde desciende Ernesto Ballesteros para preparar su acción «con amigos es mejor» que abrirá oficialmente la nueva temporada de Le Putit. La sala comienza a colmarse de personas que rodean una mesa donde algunos artistas colaboran desgarrando lápices para encender un fuego amarillo en sus puntas. Una marea eléctrica de expectativas entra en juego con el paso de los minutos, se encienden algunas cámaras, todos buscan una buena posición para poder contemplar el escenario. Antoine et Sebastienne desgarra el silencio de la noche con una melodía que sale de las entrañas de unos discos, Ernesto Ballesteros entrega las últimas indicaciones y la tan esperada acción artística empieza a rodar por las pistas de Le Putit. Un grupo de ocho artistas encabezados por Daniel Basso, Adriana Sassali, Sergio Colavitta, Federico Domínguez Zacur, Mariana Pellejero, Leticia González y Juan José Souto van trazando líneas de color amarillo sobre un papel de dos metros de largo. El efecto que se aprecia es una especie de trance que deriva en una automatización del proceso creativo, pero cada trazo es distinto, aunque solo veamos rayas que parecen iguales tenemos en realidad una singularidad dentro de un acto colectivo como una hermosa metáfora de una comunidad que colabora en un proyecto dejando su identidad personal en el camino.

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Las manos de los artistas aumentan la velocidad, el ruido de la fricción de los lápices crea una sinfonía en nuestros oídos, una aclamación del público junto con aplausos y silbidos de arenga transforman el marco de la acción en una auténtica escena de un espectáculo deportivo. Dos colaboradores siguen reparando los pinceles como técnicos en un boxes de formula 1 entregando los instrumentos de competición. Nahuel Agüero decide entrar en acción tomando el papel entre sus manos, alguien colabora desde el otro extremo. Comienza una fervorosa maniobra en donde elevando, inclinando y bajando el papel los artistas siguen trazando líneas en diferentes direcciones sorteando la adversidad del cambio de posición. Se acerca el final; lo advertimos con pesadumbre, queremos que esto siga hasta el infinito. Un coro de clamores y un aplauso encendido corona la acción en cuando esta llega su final.

Salgo de Le Putit  con una enorme descarga de adrenalina circulando por las venas, que buena movida pienso y siento una conexión creativa que me invade el cuerpo, es un momento hermoso en donde salen varias ideas, como una borrachera visual.  Tengo la certeza que esto recién empieza, en estas semanas se vienen un par de inauguraciones más y seguramente hay muchos espacios germinando en cabezas que no conozco.  Es muy groso que esto pase en Mar del Plata, soplan vientos de autogestión en el terreno del arte y disfrutar momentos tan emocionantes con mis amigos, siempre es mejor.

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http://bit.ly/20pgxvn

La vida en rosa: por los caminos de El Virgen

«Desde el día que te vi La vida para mi 
Fue  color de rosa
Y me siento tan feliz  Que cualquier día gris
Es  color de rosa»
Edith Piaff

El 29 de febrero me trasladé hasta el mítico espacio de Mundo Dios en el puerto de Mar del Plata para formar parte de un evento apasionante, me refiero por supuesto a la procesión que traslada El Virgen hasta su ermita ubicada en la paradisíaca playa Verde Muro en el sur de la ciudad. El Virgen es una obra artística muy particular iniciada por Juan José Souto el 29 de febrero de 2004, la misma conjuga una especie de culto de adoración que mezcla esencias paganas y populares concentradas alrededor de la figura de un santo que tiene el rostro del mismo artista, viste ropas rosas y ostenta atributos identificado con las playas y las costas de Mar del Plata. El trabajo en si tiene una complejidad estética que resulta sumamente interesante, en primer término pienso en su estado de proceso abierto, no tiene previsto un final por lo tanto es una obra que está en una permanente elaboración con una identidad que se consolida a lo largo del tiempo.

Los acólitos, feligreses, peregrinos o como quieren designar al grupo de hombres y mujeres que participan de la experiencia se agolparon  alrededor de las cinco de la tarde en la esquina de 12 de octubre y la Avenida de los Trabajadores engalanados de rosa, desde pantalones, remeras hasta accesorios diversos con un gesto cómplice de hermandad. El Virgen contiene indudablemente un mensaje provocador apelando con ironía a ciertos valores que circulan en la sociedad, por ejemplo en los rituales plagados de erotismo que contrastan con el sacrificio, el dolor y la culpa que profesan las religiones dominantes, y por supuesto el color rosa que identifica a veces de manera peyorativa lo femenino, la comunidad gay, la sensibilidad romántica, lo kitsch,  es un tono bastardeado que al estar presente en las vestimentas de un hombre con hábitos de santo causa un rictus ácido de incorrección.

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La expectativa crece a medida que se acerca el momento de partir hacía la ruta del santuario, se evidencia una intensa algarabía, es el comienzo de un nuevo ciclo que se repite cada cuatro años. Se disparan un par de fotos para registrar el momento, hay sonrisas y una tensión espiritual que dinamita el aire distendido que reina en el lugar. Partimos desde el Puerto en el maravilloso 221, el colectivo con el circuito más hermoso que recorre toda la costa de Mar del Plata. Durante el trayecto Juan José Souto me cuenta la historia apócrifa de la creación de su obra «Cuando viajaba por las rutas en un camión veía la figura del Gauchito Gil en la ruta y pensé en hacer un santo con mi rostro para rezarle y pedirle cosas» Una frase resuena con intensidad en mi mente: «El Virgen sos vos»Empiezo a comprender la idea, el poder de los milagros está en cada persona. Pasaron doce años desde aquella primera procesión y los artistas de la ciudad se apropiaron de su figura en una especie de parodia de un culto religioso. El proyecto de Souto logró de esta manera trascender la esfera personal del artista para expandirse y multiplicarse con una marcada evolución producto de diferentes elementos que aportaron los seguidores enriqueciendo, reforzando y colaborando en el desarrollo de una cosmogonía  envuelta dentro del mito fundacional de Mundo Dios. 

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El punto de destino donde descendemos del colectivo es la playa de Verde Muro, una reserva autogestionada por los vecinos del lugar, allí Souto nos conduce por un sendero cubierto de vegetación hacia un paisaje con médanos en donde la arena densa es testimonio de las huellas que los fieles dejan a su paso en el camino hacia un pequeño peñón en la punta de un barranco donde se puede divisar la ermita rosa que albergará el santuario destinado para El Virgen. Cuando arribamos al lugar se produce una especie de silencio que mezcla la admiración, la emoción y el respeto; aunque no logro procesarlo por completo me siento hermandado con el paisaje que tiene una vista fabulosa. A partir de entonces  comienza el ritual por el cual se entregan ofrendas y exvotos elaborados por los seguidores como muestras de simpatía y devoción.

La ceremonia se completa con el encendido de velas rosas que cada uno hace ante la figura pidiendo por favores o agradeciendo por aquello que se concedió. Daniel Basso parte una de sus velas y la comparte conmigo, me inclino para encenderla, para mi hasta ese momento era una experiencia artística, pero debo confesar  que al realizar ese acto simbólico se necesita la templanza de un témpano para no sentir una extraña sensación de paz que recorre todo el cuerpo hasta estremecer ese espacio por fuera de lo orgánico que podríamos denominar como espíritu, alma o  ser interior. Con humildad solicité un favor para mi y para el resto de los artistas, también agradecí poder estar formando parte de ese momento.

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Al finalizar la ceremonia quedan unos segundos para distenderse y contar historias azarosas de los milagros generados por el Virgen, surgen anécdotas graciosas y charlas mundanas que forman parte de lo esencial del hombre; reina una fiesta que exalta el amor, la alegría y el exceso de placer, porque la maquinaría que se pone en marcha es una reivindicación de la vida. Por las venas de los acólitos corre la pureza de una sangre rosa que mezcla gratitud con un eléctrico sentimiento de algarabía por compartir unos dones maravillosos, el poder de la creación y de la sensualidad.

Renassense, el Cocktail #18 con Sergio Colavita y Facundo Miranda

Renassense me pareció un término hermoso para describir la muestra 18 de la Galería Cocktail. Indudablemente el proceso de producción de Sergio Colavita y Facundo Miranda evoca una especie de acción renovadora en donde los materiales parecen vencer un destino marcado por el olvido, la desaparición o incluso algo peor como la indiferencia absoluta.  La transformación no solo está relacionada con su aspecto, sino también con un sentido distinto al cual el sistema de producción puso en su destino. El cambio por supuesto alcanza al artista en un proceso de constante evolución hacía una vida nueva con cada nueva creación.

Sergio Colavita construye objetos emplazados en superficie planas que inclina en forma de rombos, son piezas muy luminosas y de un fuerte placer visual. Entre los materiales predominantes encontramos el vidrio, pero a diferencia de otras obras que vimos anteriormente, en este caso no emplea pequeños recortes, sino placas más grandes con algunos relieves, también encontramos combinaciones con otros materiales brillantes como el metal.  La decoración es recargada, barroca y como señalamos antes con mucha luz, por momentos parece que estamos contemplando una especie vitroux de un extraño culto. Lo fragmentario juega también un papel importante, con ensambles, con profundidades y proporciones geométricas.

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Por su parte Facundo Miranda sigue profundizando en sus propuestas con esculturas, objetos e instalaciones que surgen del apoderamiento que hace de restos de maderas y sogas. Una constante en sus trabajos es la tensión en la cual permanecen los materiales, un poco desafiando el equilibrio y por otro lado entregando una especie de alegoría a la comunidad como vínculo de pares. Sobre una tabla inclinada vemos agrupados varias piezas de madera, la escena  provoca una clara imagen de suspensión, parece que van a caerse en cualquier momento, pero una presión invisible producto de la fuerza de los elementos que intervienen las agrupan contra el destino de una caída segura.

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El ensamblado de las diferentes partes  cuenta historias perdidas, vidrios y maderas murmuran una segunda vida, un relato que esconde una resurrección tal vez de características profanas, pero no por ello más fascinantes. El poder del arte para transformar la materia en su dimensiones formales, estéticas y perceptivas. Y por supuesto para modificar nuestra mirada, la de los espectadores.

Pablo Hansen, dos veranos

Pablo Hansen "Dos veranos"Después de contemplar las obras de Pablo Hansen en su muestra «Dos Veranos» queda la sensación de estar frente a un artista que parece componer la estructura de sus trabajos como una melodía de Jazz, una base geométrica de una estructura formal y unos elementos armónicos, recortes de papeles con diferentes texturas, que funcionan como improvisaciones alrededor del tema central. Los múltiples detalles observables, pasando por los materiales, los tonos y las formas,  crean  un fenómeno de alteración de las coordenadas espaciales y de la percepción, en donde es posible identificar movimientos, alteraciones, ilusiones y rupturas en los distintos entramados que conforman las composiciones.

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Algunos de los trabajos están conformados por pequeños paneles cubiertos con cientos de recortes de papeles superpuestos entre si, con distintas dimensiones, espesores y diseños que se van repitiendo a lo largo de todos los trabajos siguiendo un patrón compositivo, los mismos elementos pero con variaciones distintas, esa especie de improvisación jazziada de la cual hablábamos anteriormente. También se evidencia un juego con la textualidad, frases impresas provenientes de paquetes de Yerba recortados en trozos pequeños, mezclados al azar, combinados a modo de contrapunto con la simetría cromática del resto de los materiales.

En otras ocasiones los papeles siguen un trazado de líneas y diagonales entrecruzados que a la distancia recrean una alteración óptica que establecen relaciones de movimiento entre las tramas. Por momentos quedamos atrapados en una lógica de inestabilidad, un viaje alucinatorio por formas que ejercen una alteración en  la obra, los papeles parecen ir zigzagueando hasta modificar su posición.

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Hansen utiliza en algunos cuadros placas de fibrofácil perforadas que producen una separación de planos en el espacio interior de la obra, parecen estar en un estado de flotación, son como aberturas que van desnudando algunas zonas de los trabajos,  cortinas de una geometría cruda que revela el escenario profundo de la obra.

Como una brisa suave que devuelve la sensación de un tiempo más cálido, la muestra de Hansen nos permite un tránsito por una agradable terreno visual que abona una geometría encargada de explorar un espacio construido a partir de pequeños fragmentos, con una extrema precisión en la composición y con un ritmo que se hace irresistible a nuestros sentidos. El verano siempre es para disfrutarlo y si es con arte mucho mejor.

 Pablo Hansen «Dos Veranos»
Galería Casa de Madera Rawson 2250
Fotografías: Natalia Müller

Nahuel Giuffrida Circlos

Hipnóticos, sugestivos por momentos imprecisos, los objetos de Nahuel Giuffrida marcan una mezcla de emociones intensas que transitan la tensión entre un plano racional geométrico y un mundo más visceral compuesto de materiales crudos. La muestra Circlos, que puede verse en Yoshimi, es una interesante propuesta para conocer a un artista que reinventa formas a partir de un proceso en donde rescata elementos de los bordes de la sociedad, la basura, el desuso, lo inservible, aquello que dejó de cumplir un valor funcional.

Giuffrida parte de formas geométricas simples (triángulos, líneas, círculos) para formar figuras abstractas que desvelan un sentido preciso de la representación espacial a las cuales agrega un interesante manejo del color, que se desvela en los tonos primitivos de los materiales y en los restos de maderas con pinturas desgastadas por el tiempo, que agregan un acento marcado de equilibrio visual en las composiciones.

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Cuando contemplamos la muestra queda flotando en el lugar una extraña sensación de estar frente a obras que parecen conservar en su interior una memoria de su anterior naturaleza, piezas de madera que fueron abandonadas o descartadas y que luego  de un proceso de recolección, selección y ensamblado se despiertan con una nueva conciencia producto de su transformación en elementos estéticamente complejos, más íntimos, armónicos, con una función distinta al de su pasado, buscando explorar el deseo visual en su contemplación. Nos quedamos un buen rato parados frente a esas representaciones, buscando los detalles, examinando las texturas, todo aquello que parecía un conjunto abigarrado de elementos dispuestos al azar se revelan como un diagrama de encastres precisos que detrás de una mecánica analítica encierran una belleza que desnuda una lógica emocional.

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Uno de los trabajos principales de la muestra está compuesto por una serie de tres discos donde las formas  juegan contrapuntos en una danza de contrastes, las rectas de los listones construyen las esferas, una enorme ilusión óptica que se agrega a la manera en la cual están superpuestas las maderas, con estrías que dan un relieve con gran cantidad de variaciones provocadas por la diferencia de tonos, texturas y volúmenes de la madera.

Como bien señala Vera Capilla en el texto que acompaña la muestra, el proceso de Nahuel Giuffrida opera en un sentido inverso, es un reciclador estético de materiales olvidados, marginales, abandonados,  los cuales consigue destilar para crear objetos con nuevas identidades de una naturaleza cautivadora.

Circlos de Nahuel Giuffrida
Yoshimi Catamarca Catamarca 1569 – Local 13